(Por Juan Pablo Gómez) Rosario es una ciudad pasional. En muchos ámbitos de la vida, sobre todo en el deporte, la ciudad siempre prioriza el corazón sobre otras cosas y se deja llevar por los latidos del mismo. Esto ocurre hasta en un deporte amateur, como el básquet, y en la categoría más baja de la liga local donde existe el mismo amor por la camiseta que en los grandes clubes y mayor aún si un ser querido es quien porta los colores.
Un domingo por la tarde como cualquier otro, donde algunas parejas van al parque, al Shopping o al cine a ver una película, un joven entra a la cancha de Édison donde está por disputarse un partido válido por la última fecha de la fase regular de la Liga Reserva C. En un ambiente muy familiar, donde predominan los hombres, esta chica se sienta y espera sola el arranque del partido.
Sale el local a la cancha, la joven se para, aplaude y, con los jugadores cerca, hace un gesto y grita el apodo de su novio: “Santi”. Él, un chico joven, cerca de un metro con noventa centímetros, de rulos, la ve, la saluda a la distancia y se sienta en el banco, hoy será suplente. El partido arranca y la joven no se muestra muy interesada ni entendida en el deporte, mirando el celular y cada tanto buscando con la vista a su pareja.
Sobre el final del primer cuarto, Santiago sale del banco, se para al borde de la cancha y ahí la imagen de esa chica callada cambia rotundamente y empieza a gritar, de pie. Se lamenta cuando Edison falla y se exalta cuando convierte. Los primeros dos puntos del joven fueron otro momento destacado en la tarde, su novia dio un pequeño salto, aplaudió y gritó: “¡Vamos Santi, bien!”.
La imagen se repitió durante todo el partido, cuando Santiago estaba en cancha, su novia se paraba y lo alentaba pero cuando se sentaba en el banco ella permanecía tranquila, casi como si el partido le importara poco. En el final, el joven terminó en cancha pero, al saber el partido perdido, no se mostraba mucha emoción. Cuando la chicharra sonó, el jugador se dio vuelta para saludar a su pareja, quien respondió con un beso a la distancia, y se retiró junto a sus compañeros al vestuario.
Al salir del vestuario, los enamorados se encontraron en la tribuna para ver el partido del equipo de Primera, sentados uno al lado del otro, por momentos abrazados, él mirando el partido y ella más preocupada por otras cosas que por lo que sucedía en la cancha. El deporte genera estas cosas, alguien que quizás jamás pensó pasar un domingo en un estadio, lo hace sólo por su novio pero puede mimetizarse con el público sin tener, quizás, ninguna información previa sobre el básquet.
Rosario es una ciudad pasional. No importa dónde, cuándo ni porqué pero siempre, en algún rincón, van a haber personas que priorizan al corazón poniendo, como en este caso, el deporte como la excusa perfecta.
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lunes, 21 de octubre de 2013
lunes, 16 de septiembre de 2013
El Parque 23 de junio con visita inesperada
Un joven danés vivió una experiencia única en San Jorge.
Disfrutó y presenció el fervor que se vive en nuestro fútbol
(Por Oraldo Llanos) En la ciudad de San Jorge, en el centro oeste santafesino, hay un grupo de daneses de intercambio cultural. Uno de los extranjeros se llama Anders Frederiksen, tiene 17 años y es seguidor del fútbol. Por este motivo, cuando arribó a Argentina uno de sus primeros deseos fue presenciar un partido.
Una tarde asistió finalmente a un encuentro disputado por el torneo de la Liga San Martín de fútbol (del departamento homónimo). Seguramente no es lo mismo que presenciar un partido de la Primera División de AFA, pero contiene los mismos condimentos de cualquier partido que se dispute en estas tierras. Allí se enfrentaban el local, Club Atlético San Jorge, contra Americano de Carlos Pellegrini. El desarrollo es anecdótico, lo importante fueron las vivencias que experimentó el joven turista en una cancha argentina.
El comienzo del match estaba pautado para las 16.30. Sobre esa hora, alrededor de 600 personas ocupaban el estadio. La tarde comenzó con el clásico choripán, algo que al principio Anders observó con dudas, pero finalmente lo disfrutó y hasta se animó a una segunda vuelta.
Luego se dispuso a mirar el partido, pero sorprendido por la falta de butacas detrás de los arcos y sin entender mucho el por qué de semejante griterío previo a la salida de los equipos. Según sus propias palabras, lo que más llamó su atención fue el fervoroso recibimiento de los hinchas cuando los equipos salieron al terreno de juego, con papelitos, cánticos y algo de pirotecnia.
Mientras se sucedían las jugadas, el europeo posó su atención en el número 9 de San Jorge, por su calidad y productividad en el área rival (marcó el único tanto de su equipo). Para cualquier persona es un buen jugador, pero no deja de ser uno de tantos que rondan por todas las canchas del país. Pero ahí está la cuestión de cómo Argentina saca tantos jugadores que en países muy futboleros como el nuestro no son llamativos, pero en otros sitios, como Dinamarca, podrían jugar en la máxima categoría.
Finalmente, cuando empezaba a caer el sol y se daba por terminado el encuentro con un empate 1 a 1, el único aspecto negativo señalado por Frederiksen fueron los permanentes insultos y hostigamiento hacia el rival, como lamentablemente ocurre siempre en Argentina. A partir de este análisis, la evaluación final del escandinavo fue la que se hace siempre: la pasión del hincha argentino es hermosa hasta que pasa a transformarse, en muchos casos, en locura.
Disfrutó y presenció el fervor que se vive en nuestro fútbol
(Por Oraldo Llanos) En la ciudad de San Jorge, en el centro oeste santafesino, hay un grupo de daneses de intercambio cultural. Uno de los extranjeros se llama Anders Frederiksen, tiene 17 años y es seguidor del fútbol. Por este motivo, cuando arribó a Argentina uno de sus primeros deseos fue presenciar un partido.
Una tarde asistió finalmente a un encuentro disputado por el torneo de la Liga San Martín de fútbol (del departamento homónimo). Seguramente no es lo mismo que presenciar un partido de la Primera División de AFA, pero contiene los mismos condimentos de cualquier partido que se dispute en estas tierras. Allí se enfrentaban el local, Club Atlético San Jorge, contra Americano de Carlos Pellegrini. El desarrollo es anecdótico, lo importante fueron las vivencias que experimentó el joven turista en una cancha argentina.
El comienzo del match estaba pautado para las 16.30. Sobre esa hora, alrededor de 600 personas ocupaban el estadio. La tarde comenzó con el clásico choripán, algo que al principio Anders observó con dudas, pero finalmente lo disfrutó y hasta se animó a una segunda vuelta.
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| Anders, el joven danés |
Luego se dispuso a mirar el partido, pero sorprendido por la falta de butacas detrás de los arcos y sin entender mucho el por qué de semejante griterío previo a la salida de los equipos. Según sus propias palabras, lo que más llamó su atención fue el fervoroso recibimiento de los hinchas cuando los equipos salieron al terreno de juego, con papelitos, cánticos y algo de pirotecnia.
Mientras se sucedían las jugadas, el europeo posó su atención en el número 9 de San Jorge, por su calidad y productividad en el área rival (marcó el único tanto de su equipo). Para cualquier persona es un buen jugador, pero no deja de ser uno de tantos que rondan por todas las canchas del país. Pero ahí está la cuestión de cómo Argentina saca tantos jugadores que en países muy futboleros como el nuestro no son llamativos, pero en otros sitios, como Dinamarca, podrían jugar en la máxima categoría.
Finalmente, cuando empezaba a caer el sol y se daba por terminado el encuentro con un empate 1 a 1, el único aspecto negativo señalado por Frederiksen fueron los permanentes insultos y hostigamiento hacia el rival, como lamentablemente ocurre siempre en Argentina. A partir de este análisis, la evaluación final del escandinavo fue la que se hace siempre: la pasión del hincha argentino es hermosa hasta que pasa a transformarse, en muchos casos, en locura.
De inferiores a primera: un gran y deseado paso
En la liga regional de Nogoya, el juvenil Napoleón Mayora,
Dio un gran paso de las inferiores a primera con solo 17 años
(Por Manuel Ceballos) Domingo nublado, mucho viento, poco sol. Así comenzó la jornada en donde los juveniles empezaron a llegar al predio del club para disputar su primer partido en la primera división del Club Atlético y Deportivo Roma. Eran las 14.30 y faltaba sólo media hora para que los jugadores entraran a cambiarse para realizar los movimientos pre competitivos. El rival, Cultural Hernández había arribado hacía más de una hora a la cancha. El jugador más observado en ese momento fue Napoleón Mayora, jugador de la categoría sub 17 que estaba a punto de punto de pegar el salto y disputar su primer encuentro con la categoría mayor.
Se lo vio muy inquieto a Mayora, nervioso antes de meterse al vestuario. “Quiero jugar, quiero jugar”, decía cada 5 minutos, demostrando que los nervios y la ansiedad lo estaban sobrepasando. Finalizado el primer tiempo del partido de reserva, los jugadores entraron al vestuario para comenzar a cambiarse. Dentro de esas cuatro paredes, el grupo entero apoyó a Mayora y lo arengaron a para que estuviera más tranquilo y puediera dar lo mejor en la cancha. El delantero titular fue expulsado el torneo anterior y todavía le quedan fechas por cumplir. Esta situación permitió que el juvenil pudiera integrar el plantel de primera.
Después de la correspondiente charla del técnico, los jugadores salieron para hacer los ejercicios de calentamiento, cuando todavía faltaban 25 minutos para comenzar el partido. El capitán del equipo, Milton Huber, charló con Mayora durante 10 minutos y en esa conversación se pudo escuchar que le dijo: “El lugar en el equipo lo tenés, ahora jugá y gánatelo en la cancha”.
El reloj marcaba las 16.15 y los jugadores volvieron a ingresar al vestuario para colocarse las camisetas e ingresar al campo de juego. Así fue: a las 16.30, Club Atlético y Deportivo Roma ingresó con un número 11 desconocido en la categoría.
El partido arrancó y Mayora se paró por el lado izquierdo en la zona de ataque. Luciano Benítez el número 10 del equipo, trasladó la pelota y se la tocó a Mayora. Este, en la primer intervención, acomodó con el cuerpo y ganó bien la posición hasta que el rival le cometió falta. En los primeros 15 minutos, estuvo muy bien a la hora de buscar la pelota y descargar hacía atrás. Es lo que mejor hace, dijo el ayudante del técnico, Fabián Erhardt. Pisando los 40 minutos de la primera etapa, una jugada colectiva por la franja derecha derivó en un centro atrás, donde apareció Mayora con el arco de frente, pero desperdició la ocasión tirándola por arriba del travesaño. “Bien pibe, bien”, se escuchaba desde afuera, ya que todos apoyaron al juvenil. Finalizó el primer tiempo y el panorama no era alentador: el delantero suplente Matias Herman comenzó a moverse y todo indicaba que Mayora iba a ser reemplazado.
Pasados los 15 minutos del descanso, los jugadores regresaron al campo de juego y Mayora seguía en cancha. A su madre y a su hermano se los veía contentos, ya que esto significaba mucho para el juvenil y lo fueron a apoyar. La pelota volvió a rodar y el segundo tiempo ya estaba en marcha. El partido empatado sin goles, y con mucho frío a las 17.40 del domingo. Durante los primeros minutos la pelota la manejó el rival. Hubo mucho desgaste por parte del delantero Mayora, que hizo el trabajo más forzoso y recorrió los costados saliendo a presionar en todas las ocasiones.
El suplente Herman siguió moviéndose, anunciándose el cambio. Llegando a los 25 de la segunda etapa, el árbitro paró el partido por el lado derecho y se vino el cambio:Mayora salió y Herman ingresó con la 14 para ver si la historia podía cambiar. Los aplausos del público no se hicieron rogar. Enseguida que dejó la cancha, el juvenil fue muy alentado y apoyado por la gente local. Sin haber podido demostrar ni tener una buena tarde ante un rival difícil, se retiró del campo muy enojado y en palabras textuales se le pudo escuchar: “No me salió una”. Así fue como se sentó en el banco con sus compañeros y esperó la finalización de partido. Sobre el cierre, el defensor central Barreto marcó de cabeza para los locales y le dio la victoria al Club Atlético y Deportivo Roma.
El juez del partido José López, pitó y la tarde de fútbol finalizó. Así, Mayora hizo su debut en la primera división. No de la manera que muchos esperaban, pero es cuestión de tiempo y adaptación, para que el jugador pueda dar lo mejor y mostrar todas sus condiciones.
Dio un gran paso de las inferiores a primera con solo 17 años
(Por Manuel Ceballos) Domingo nublado, mucho viento, poco sol. Así comenzó la jornada en donde los juveniles empezaron a llegar al predio del club para disputar su primer partido en la primera división del Club Atlético y Deportivo Roma. Eran las 14.30 y faltaba sólo media hora para que los jugadores entraran a cambiarse para realizar los movimientos pre competitivos. El rival, Cultural Hernández había arribado hacía más de una hora a la cancha. El jugador más observado en ese momento fue Napoleón Mayora, jugador de la categoría sub 17 que estaba a punto de punto de pegar el salto y disputar su primer encuentro con la categoría mayor.
Se lo vio muy inquieto a Mayora, nervioso antes de meterse al vestuario. “Quiero jugar, quiero jugar”, decía cada 5 minutos, demostrando que los nervios y la ansiedad lo estaban sobrepasando. Finalizado el primer tiempo del partido de reserva, los jugadores entraron al vestuario para comenzar a cambiarse. Dentro de esas cuatro paredes, el grupo entero apoyó a Mayora y lo arengaron a para que estuviera más tranquilo y puediera dar lo mejor en la cancha. El delantero titular fue expulsado el torneo anterior y todavía le quedan fechas por cumplir. Esta situación permitió que el juvenil pudiera integrar el plantel de primera.
Después de la correspondiente charla del técnico, los jugadores salieron para hacer los ejercicios de calentamiento, cuando todavía faltaban 25 minutos para comenzar el partido. El capitán del equipo, Milton Huber, charló con Mayora durante 10 minutos y en esa conversación se pudo escuchar que le dijo: “El lugar en el equipo lo tenés, ahora jugá y gánatelo en la cancha”.
El reloj marcaba las 16.15 y los jugadores volvieron a ingresar al vestuario para colocarse las camisetas e ingresar al campo de juego. Así fue: a las 16.30, Club Atlético y Deportivo Roma ingresó con un número 11 desconocido en la categoría.
El partido arrancó y Mayora se paró por el lado izquierdo en la zona de ataque. Luciano Benítez el número 10 del equipo, trasladó la pelota y se la tocó a Mayora. Este, en la primer intervención, acomodó con el cuerpo y ganó bien la posición hasta que el rival le cometió falta. En los primeros 15 minutos, estuvo muy bien a la hora de buscar la pelota y descargar hacía atrás. Es lo que mejor hace, dijo el ayudante del técnico, Fabián Erhardt. Pisando los 40 minutos de la primera etapa, una jugada colectiva por la franja derecha derivó en un centro atrás, donde apareció Mayora con el arco de frente, pero desperdició la ocasión tirándola por arriba del travesaño. “Bien pibe, bien”, se escuchaba desde afuera, ya que todos apoyaron al juvenil. Finalizó el primer tiempo y el panorama no era alentador: el delantero suplente Matias Herman comenzó a moverse y todo indicaba que Mayora iba a ser reemplazado.
Pasados los 15 minutos del descanso, los jugadores regresaron al campo de juego y Mayora seguía en cancha. A su madre y a su hermano se los veía contentos, ya que esto significaba mucho para el juvenil y lo fueron a apoyar. La pelota volvió a rodar y el segundo tiempo ya estaba en marcha. El partido empatado sin goles, y con mucho frío a las 17.40 del domingo. Durante los primeros minutos la pelota la manejó el rival. Hubo mucho desgaste por parte del delantero Mayora, que hizo el trabajo más forzoso y recorrió los costados saliendo a presionar en todas las ocasiones.
El suplente Herman siguió moviéndose, anunciándose el cambio. Llegando a los 25 de la segunda etapa, el árbitro paró el partido por el lado derecho y se vino el cambio:Mayora salió y Herman ingresó con la 14 para ver si la historia podía cambiar. Los aplausos del público no se hicieron rogar. Enseguida que dejó la cancha, el juvenil fue muy alentado y apoyado por la gente local. Sin haber podido demostrar ni tener una buena tarde ante un rival difícil, se retiró del campo muy enojado y en palabras textuales se le pudo escuchar: “No me salió una”. Así fue como se sentó en el banco con sus compañeros y esperó la finalización de partido. Sobre el cierre, el defensor central Barreto marcó de cabeza para los locales y le dio la victoria al Club Atlético y Deportivo Roma.
El juez del partido José López, pitó y la tarde de fútbol finalizó. Así, Mayora hizo su debut en la primera división. No de la manera que muchos esperaban, pero es cuestión de tiempo y adaptación, para que el jugador pueda dar lo mejor y mostrar todas sus condiciones.
Un partido de básquet mirado desde el buffet
Sirio y Comunicaciones se enfrentaron por la quinta fecha del
torneo de Segunda, pero lo entretenido estuvo en la cocina
(Por Marcos Loreto)El frío acechó a todo Pergamino y alrededores en el segundo fin de semana de septiembre. Cantidades de actividades físicas debieron ser suspendidas por tal hecho. El básquet no fue la excepción y el viernes por la noche se tuvieron que postergar algunos partidos. Aunque las actividades se reanudaron el sábado, cuando comenzó la quinta fecha de Segunda división. Sirio y Comunicaciones se veían las caras en un partido que prometía. Desde el buffet, Don Roque esperó entusiasmado a todos los concurrentes.
Dos horas antes del partido, Roque y su esposa, Julia, comenzaron con los preparativos. Empanadas, sandwich de jamón y queso y golosinas era la oferta del día. Todo se veía ideal. Roque comenzó a preparar su garganta para pegar esos gritos que retumban en todo el club. Julia, siempre con las manos en acción, no dejó un segundo de hacer las exquisitas empanadas de verdura, carne y jamón y queso.
Eran las 19 y la gente comenzó a llegar. La cita estaba programada para veinte minutos más tarde, pero Roque, con varios años en el rubro, sabía que había que preparar algo para la merienda de los jóvenes. Allí fue cuando salieron las golosinas a las vidrieras y no se hicieron esperar. Decenas de chicos ya pedían a gusto: alfajores, papitas, barras de cereales y, cómo no, yogures.
El partido dio inicio. Dentro de la cancha no había mucho show. Clima frío y tranquilo en el parqué, pero a Roque parece que la tranquilidad mucho no le gusta: salió despedido de su banqueta hacia la cancha a gritarle a los jugadores que metan un punto. Claro, iban ya nueve minutos de juego y el tanteador era cuatro a tres para el local. Entre los que lo rodeaban se veía una sonrisa en su cara y comentando: "Siempre con lo mismo este viejo".
El primer tiempo llegó y el momento de Roque era ese. El Viejo, con voz alta, ofertaba las empanadas de su esposa, mientras que ella seguía en la cocina, lugar en el que se siente cómoda. La poca gente que concurrió al estadio hizo que la venta sea casi un fracaso. Roque le puso todo el esmero posible pero nada más pudo hacer.
El partido siguió su curso de pobre, Comu se alzó en la victoria en los minutos finales del partido y Roque siguió allí en su amada y querida banqueta, en la que día a día se lo ve con la mejor onda y con un gran sacrificio para llevar adelante y mantener un buffet que, por momentos, parecía que se venía abajo.
torneo de Segunda, pero lo entretenido estuvo en la cocina
Dos horas antes del partido, Roque y su esposa, Julia, comenzaron con los preparativos. Empanadas, sandwich de jamón y queso y golosinas era la oferta del día. Todo se veía ideal. Roque comenzó a preparar su garganta para pegar esos gritos que retumban en todo el club. Julia, siempre con las manos en acción, no dejó un segundo de hacer las exquisitas empanadas de verdura, carne y jamón y queso.
Eran las 19 y la gente comenzó a llegar. La cita estaba programada para veinte minutos más tarde, pero Roque, con varios años en el rubro, sabía que había que preparar algo para la merienda de los jóvenes. Allí fue cuando salieron las golosinas a las vidrieras y no se hicieron esperar. Decenas de chicos ya pedían a gusto: alfajores, papitas, barras de cereales y, cómo no, yogures.
El partido dio inicio. Dentro de la cancha no había mucho show. Clima frío y tranquilo en el parqué, pero a Roque parece que la tranquilidad mucho no le gusta: salió despedido de su banqueta hacia la cancha a gritarle a los jugadores que metan un punto. Claro, iban ya nueve minutos de juego y el tanteador era cuatro a tres para el local. Entre los que lo rodeaban se veía una sonrisa en su cara y comentando: "Siempre con lo mismo este viejo".
El primer tiempo llegó y el momento de Roque era ese. El Viejo, con voz alta, ofertaba las empanadas de su esposa, mientras que ella seguía en la cocina, lugar en el que se siente cómoda. La poca gente que concurrió al estadio hizo que la venta sea casi un fracaso. Roque le puso todo el esmero posible pero nada más pudo hacer.
El partido siguió su curso de pobre, Comu se alzó en la victoria en los minutos finales del partido y Roque siguió allí en su amada y querida banqueta, en la que día a día se lo ve con la mejor onda y con un gran sacrificio para llevar adelante y mantener un buffet que, por momentos, parecía que se venía abajo.
lunes, 26 de agosto de 2013
Lo que nadie te contó del partido solidario
Personalidades del fútbol, espectáculo y periodismo se unieron para ayudar a los afectados de la tragedia ocurrida en la ciudad de Rosario
Por Germán Casagrande
lunes, 17 de junio de 2013
Le voló la ilusión
(Por Rodrigo de Moya) Oriental cayó
frente a Unión Americana por 2 a 1, pero el principal protagonista
de la jornada, y de la fecha en general, no fueron los jugadores ni
los dirigentes, las miradas no se centraron en los árbitros ni en el
público, la vedette de la jornada fue el intenso viento. Tal fue su
incidencia en el encuentro que el técnico local llegó a echarle la
culpa por la derrota de su equipo.
En una nueva jornada gris, en donde el
cielo plomizo parecía caerse a pedazos, se disputó una nueva
jornada de la cuarta división del Torneo Infantil "A".
Allí el que dijo presente fue el intenso viento, que se llevo
incluso más críticas que las que habitualmente acarrean los
árbitros. Las ráfagas iban y venían, un sombrero que volaba por la
tribuna local, bufandas que se movían al ritmo de una típica
jornada de otoño y las maldiciones de algunos le dieron un
condimento especial a un domingo de fútbol.
Un centro de Unión que parecía
quedar corto, un arquero que se relajó ante la situación y una
ráfaga que, como si fuera una película, hizo mucho por el gol: el
envión que le faltaba al centro se lo brindó aquel ventarrón y la
pelota atravesó los tres palos, los jugadores quedaron atónitos
ante la situación, inesperada por siempre, y el técnico comenzó a
murmurar.
"Que día pedorro", fue una
de las tantas frases que pareció lanzar al viento el técnico
aurinegro que, como si fuera poco, le echó la culpa de su parcial
derrota a las inclemencias climáticas. Nadie podría dudar que un
encuentro se suspenda por una jornada tormentosa, de esas que hacen
que las pelotas literalmente floten, pero ¿quién se animaría a
pedir la suspensión de un encuentro por el viento?
Pero como en el fútbol
nada es extraño, el polémico técnico de Oriental lo consiguió. Es
que fue tanta la desesperación de que su equipo, a esa altura, fuera
perdiendo 2 a 1 que se animó a pedir la suspensión por dicha
inclemencia.
Pero, como dice el refrán, "a
las palabras se las lleva el viento": ningún integrante de la
terna arbitral tomó en serio sus reclamos. Hubo incluso quienes no
pudieron aguantar sus carcajadas, y es que a pesar de ser un viento
fuerte, no fue un huracán.
Así es que los locales se fueron a
los vestuarios hechos una furia, mientras que el protagonista de la
tarde (el viento, claro) seguía haciendo de las suyas, e incluso se
animó a arrancarle de las manos al entrenador una toalla amarilla.
Finalmente, para el técnico de Oriental el único consuelo fue
echarle la culpa al viento.
lunes, 10 de junio de 2013
Kinesiologia, una mirada distinta de otra pasión
Nicolas
Erbes, kinesiólogo del Argentino B mostró todas sus habilidades
y cómo es un partido en la parte médica del plantel
(Por
Manuel Ceballos) Todo arrancó a las 18.15, cuando Nicolás Erbes
empezó con los trabajos pre competitivos junto con el preparador
físico, anticipando al comienzo del partido de la primera división
de Atlético Paraná frente a Rosamontes de Misiones. La noche
comenzó a caer, la gente llegó al estadio y los jugadores se movían
haciendo ejercicios dentro del campo de juego. A pesar de la aparente
tranquilidad, dentro de los vestuarios todo era más tenso: tres
pilares fundamentales del equipo presentaban molestias, producto de
golpes y roces normales producidos en el partido anterior, por lo que
fueron auxiliados por el kinesiólogo, responsable de dejarlos en
condiciones.
Después
de las correspondientes revisiones y masajes, todo marchó de la
mejor manera y sin sobresaltos. Los jugadores estaban listos para
salir a la cancha, momento en que se escuchó al ayudante técnico
decir: “Hoy cueste lo que cueste, tenemos que ganar”. Después de
haberse cambiado, y ya con la vestimenta para entrar al campo de
juego, empezó la charla del DT que muchas veces nombró y expresó
que el partido era clave para su continuidad y la situación anímica
de todo el plantel. A partir de esto, se unió el equipo antes de
salir y el capitán dejó sus palabras de motivación para los once
que salieron a jugar.
Sentado
en el banco de los suplentes, el kinesiólogo debió entrar en acción
rápidamente, ya que el marcador de punta derecha recibió un golpe
del delantero rival en la rodilla derecha. No fue grave, sólo un
golpe normal que puede recibir cualquiera dentro de una cancha de
fútbol.
En
los primeros 15 minutos de juego todo transcurrió de manera
tranquilo, con muy buen nivel de juego y muy poco trabajo del cuerpo
médico del equipo. “No pasa nada che, es muy raro que Marcos no se
haya tirado todavía o pedido asistencia”, expresó Erbes entre
risas, haciendo referencia al puntero izquierdo del plantel, al que
además definió como el más mañoso de todos. “En todos los
partidos siempre tiene una molestia”, dijo, lanzando un comentario
que generó risas y rompió con la seriedad de algunos que estaban
tensos mirando el partido.
Pasando
la media hora, el conjunto visitante marcó el primer gol del
partido, donde el arquero recibió un golpe en la cabeza posterior al
cabezazo del delantero rival. En breve fue atendido y pudo continuar
en el partido. El árbitro terminó la primera etapa y en el
entretiempo hubo cambio de vendajes para dos defensores y masajes en
el posterior izquierdo para el enganche, Martín Trinidad, que
manifestó un fuerte golpe.
Sin
más conflictos, el cuerpo técnico volvió al banco de los suplentes
a la espera del segundo tiempo. En el camino, el kinesiólogo
exclamó: “A veces es difícil hacer entender a un jugador que no
puede seguir y que yo no puedo hacer nada para que siga jugando. Si
lo exijo, lo puedo terminar lesionando de una mala manera y después
las consecuencias caen sobre mí”.
Comenzó
la segunda etapa y todo siguió de la misma manera. Los minutos
pasaron y el técnico decidió meter el primer cambio para cambiar el
aire. Pablo Sione, mediocampista central, debió dejar el campo y,
cuando llegó al banco, pateó los asientos y dejó unas palabras en
el aire. Muy cerca suyo, Erbes contó que la relación del número
cinco con el DT no es muy buena.
El
tiempo pasó y se agotaron los cambios, no faltando mucho para
terminar. “Yo lo vivo de la misma manera que el jugador y ojala
pudiera cambiar las cosas que pasan adentro”, confesó el
kinesiólogo faltando diez minutos para el final del encuentro, donde
Atlético Paraná no logró conseguir el empate: después de dar dos
minutos de adición el juez dio por finalizado el partido.
Todos
los jugadores se encaminaron al vestuario y, después de ducharse,
recibieron la charla del DT y se retiraron. Sin más trabajo, Nicolás
Erbes dejó el estadio y reconoció que no fue un día agotador de
trabajo ya que las dos semanas de parate previas al partido le
hicieron bien a muchos jugadores. “Espero que vuelvan, cuando las
papas quemen”, dijo el trabajador silencioso del cuerpo técnico.
lunes, 27 de mayo de 2013
Las mujeres también se animan a jugarlo
(Por Juan Pablo Gómez) El fútbol es un deporte machista por excelencia y más aún en Argentina, donde las mujeres tratan de incluirse en el ambiente pero sin mucha suerte en los altos niveles jerárquicos. Hay jugadoras, árbitros y hasta directoras técnicas femeninas pero siempre se las ha visto como inferiores y hasta que se menosprecia por no tener el mismo sentimiento por el juego. En las últimas décadas, las damas fueron derribando los muros de los prejuicios y en esta nota lo harán una vez más.
Todos los domingos, un grupo de chicas, se reúnen a almorzar y luego se dirigen a un complejo de canchas para practicar el deporte que más aman, el fútbol. Siete mujeres, entre 18 y 25 años, juegan todos los fines de semana un torneo interno con otras compañeras con la que comparten la misma pasión. Una vez terminado el asado típico previo a los encuentros, las jugadoras se dirigen al campo de juego en un colectivo de línea. En él no paran de hablar ni un segundo, charlan de su semana, de lo que pasó la noche anterior y a medida que se van acercando al destino comienzan a analizar tácticamente a su rival y a premeditar la estrategia a desplegar para poder ganar.
Una vez en el complejo, se juntan con las contrincantes, se saludan amigablemente y a partir de ese momento se separan para comenzar los preparativos. Mientras las protagonistas se alistan para el partido, familiares y amigos se acercan a la cancha para alentar. Cuando las chicas salen al campo, se desata una lluvia de aplausos y papelitos como si fuese la antesala de la final del mundo.
Arranca el partido y una pregunta se viene a la cabeza. ¿Sexo débil? Por supuesto que no. Las chicas jugaban cada pelota con la misma fiereza, o mayor aún, que cualquier jugador varón profesional. La torpeza y el desconocimiento del juego que se les atribuye a las mujeres quedan totalmente desacreditados cuando se puede ver a un equipo bien formado, juegan con un nivel admirable.
Pero la pregunta no es sólo por las mujeres que están adentro de la cancha, sino que es adjudicable a las que están afuera también. Mientras los hombres tratan de dar indicaciones a las jugadoras, las damas, no importa la edad, parecen desaforadas dando ánimo a sus “chicas”, gritando un gol, lamentando una ocasión desperdiciada, sufriendo por una entrada a destiempo de una rival o recriminándole al árbitro del encuentro, varón, una decisión que no les parece correcta.
El equipo perdió por poco pero la tristeza era evidente en las chicas. Una vez terminado el partido, felicitaron a las adversarias y se fueron a los vestuarios donde desde afuera no se sintió una palabra. Al salir, las chicas se dirigieron al bufet del complejo a refrescarse y ahí sí comenzaron los análisis y los reproches por la derrota reciente. Luego de las discusiones y cuando los ánimos se calman, las jugadoras empiezan a poner su cabeza en lo que les deparará la semana dirigiéndose cada una a su casa esperando la revancha del próximo fin de semana.
lunes, 13 de mayo de 2013
Un parque, todo pasión
Por Juan Pablo Gómez
El Maracaná es, sin dudas, el estadio más imponente del mundo. Con capacidad para 80000 espectadores, allí se jugó la final de la Copa del Mundo de 1950 y se decidirá el campeón del próximo Mundial en 2014. Sin embargo, no tiene comparación con un reducto, un tanto más humilde, donde el fútbol se vive con la misma, o mayor aún, pasión. Los arcos están construidos con un poste de luz cada uno y con un tumulto de mochilas, el césped, donde hay, no es brasilero y en varios sectores no es recomendable caerse, árboles impiden el despliegue el juego de algunos y más de una vez hay que rogarle a señoras, que charlan mientras sus perros husmean todo el lugar, que se corran por riesgo a que salgan golpeadas. Pero nada es impedimento para que el fútbol se desarrolle con el corazón en la mano. El Parque Urquiza de Rosario es el Maracaná de un grupo de jóvenes, de diferentes edades, que convierten un simple espacio público en el estadio más importante del mundo. La jornada arranca a las tres de la tarde cuando comienzan a llegar los jugadores a la zona del parque. Se reúnen debajo de uno de los árboles, algunos se ponen a charlar, otros se cambian para jugar y el resto agarra una pelota para comenzar los movimientos pre competitivos. Llegando a las tres y media, se disponen a arrancar el partido repartiendo a los presentes en dos equipos iguales, sin faltar alguna discusión sobre la conformación de los grupos o sobre quién atajará primero. Ni bien se pone en marcha el partido se escucha la arenga de los defensores presagiando una jornada de buen fútbol. Cada gol conlleva un grito seco y golpe de palmas para reconocer el esfuerzo de los jugadores involucradas, y cada ocasión desperdiciada provoca algunos insultos y lamentos del resto del equipo. Todo es diversión hasta que empiezan las discusiones. Una pelota que atraviesa el arco elevada del suelo inicia una deliberación de si ese balón pasó por debajo del travesaño imaginario para modificar el marcador, o si fue muy alto y es sólo un saque de meta para el rival. Luego del entrevero y el fastidio de algunos, el juego continua y con él los goles, las discusiones entre compañeros y con los contrincantes. El fútbol es constante y cada uno se juega la vida en cada jugada para poder ganar su final del mundo, sólo se detiene luego de cada gol, o en cada discusión y algunos aprovechan para hidratarse, teniendo que ir hasta una canilla para cargar las botellas cada tanto. El partido estaba al rojo vivo, la diferencia era de pocos goles y cada uno dejaba todo en cada jugada para llevarse la victoria pero apareció un factor que dejó de lado el fútbol por unos minutos. Cuatro promotoras de una bebida energizante se acercaron para darles una muestra a todos los jugadores y sacarse fotos para promocionar su producto. Luego de las risas, las fotos y de hidratarse el juego continuó. Varios tantos en los últimos minutos hicieron que el partido se alargue, ganaba por uno un equipo, luego era empate y más tarde para el otro pero nadie se iba del parque. Hasta que el que llevó la pelota gritó: “Gol gana”. Unos minutos pasaron hasta que un derechazo impacte en el tumulto de mochilas e ingrese para desatar el festejo de unos y la desazón de otros. Luego de los festejos, se juntaron todos en uno de los arcos y entre bromas, reproches y análisis del juego se prestaban a abandonar el predio. Terminaba el sábado y todos pensaban en los que les deparará la semana, esperando a que pasen rápido los próximos siete días para ratificar el buen momento futbolístico o para tomar revancha de la derrota en ése mítico estadio, en su propio Maracaná.
El Maracaná es, sin dudas, el estadio más imponente del mundo. Con capacidad para 80000 espectadores, allí se jugó la final de la Copa del Mundo de 1950 y se decidirá el campeón del próximo Mundial en 2014. Sin embargo, no tiene comparación con un reducto, un tanto más humilde, donde el fútbol se vive con la misma, o mayor aún, pasión. Los arcos están construidos con un poste de luz cada uno y con un tumulto de mochilas, el césped, donde hay, no es brasilero y en varios sectores no es recomendable caerse, árboles impiden el despliegue el juego de algunos y más de una vez hay que rogarle a señoras, que charlan mientras sus perros husmean todo el lugar, que se corran por riesgo a que salgan golpeadas. Pero nada es impedimento para que el fútbol se desarrolle con el corazón en la mano. El Parque Urquiza de Rosario es el Maracaná de un grupo de jóvenes, de diferentes edades, que convierten un simple espacio público en el estadio más importante del mundo. La jornada arranca a las tres de la tarde cuando comienzan a llegar los jugadores a la zona del parque. Se reúnen debajo de uno de los árboles, algunos se ponen a charlar, otros se cambian para jugar y el resto agarra una pelota para comenzar los movimientos pre competitivos. Llegando a las tres y media, se disponen a arrancar el partido repartiendo a los presentes en dos equipos iguales, sin faltar alguna discusión sobre la conformación de los grupos o sobre quién atajará primero. Ni bien se pone en marcha el partido se escucha la arenga de los defensores presagiando una jornada de buen fútbol. Cada gol conlleva un grito seco y golpe de palmas para reconocer el esfuerzo de los jugadores involucradas, y cada ocasión desperdiciada provoca algunos insultos y lamentos del resto del equipo. Todo es diversión hasta que empiezan las discusiones. Una pelota que atraviesa el arco elevada del suelo inicia una deliberación de si ese balón pasó por debajo del travesaño imaginario para modificar el marcador, o si fue muy alto y es sólo un saque de meta para el rival. Luego del entrevero y el fastidio de algunos, el juego continua y con él los goles, las discusiones entre compañeros y con los contrincantes. El fútbol es constante y cada uno se juega la vida en cada jugada para poder ganar su final del mundo, sólo se detiene luego de cada gol, o en cada discusión y algunos aprovechan para hidratarse, teniendo que ir hasta una canilla para cargar las botellas cada tanto. El partido estaba al rojo vivo, la diferencia era de pocos goles y cada uno dejaba todo en cada jugada para llevarse la victoria pero apareció un factor que dejó de lado el fútbol por unos minutos. Cuatro promotoras de una bebida energizante se acercaron para darles una muestra a todos los jugadores y sacarse fotos para promocionar su producto. Luego de las risas, las fotos y de hidratarse el juego continuó. Varios tantos en los últimos minutos hicieron que el partido se alargue, ganaba por uno un equipo, luego era empate y más tarde para el otro pero nadie se iba del parque. Hasta que el que llevó la pelota gritó: “Gol gana”. Unos minutos pasaron hasta que un derechazo impacte en el tumulto de mochilas e ingrese para desatar el festejo de unos y la desazón de otros. Luego de los festejos, se juntaron todos en uno de los arcos y entre bromas, reproches y análisis del juego se prestaban a abandonar el predio. Terminaba el sábado y todos pensaban en los que les deparará la semana, esperando a que pasen rápido los próximos siete días para ratificar el buen momento futbolístico o para tomar revancha de la derrota en ése mítico estadio, en su propio Maracaná.
Un partido de básquet con una mirada distinta
Comunicaciones y Sport B jugaron la fecha octava de Segunda.
Desde la mesa de controles se vivieron distintas emociones
Por Marcos Loreto
Todo comenzó a las 17.30, del sábado 11 de mayo, cuando el árbitro Silvio León puso en el aire a la americana, y así el reloj comenzó a disminuir el tiempo de juego. Sentados sobre la mesa de control se encontraban Joaquín Rosset, reloj principal; Tomás Bilaseca, reloj de 24 segundos y Tomás Orlando, en planilla. El frío acechó a los presentes en el estadio de Comuicaciones, donde el local enfrentó a Sport B por la octava fecha del Torneo de Segunda división. En la mesa, todo fue mucho más trágico, ya que por uno de los vidrios rotos del techo, que daba justo con los jóvenes autorizados, corría una brisa incómoda. Durante la primera media hora de juego, más allá del frío, ningún otro conflicto sucedió. Todo marchó tranquilo y sin sobresaltos. Rescatando algunos comentarios de los jueces, que cada vez que se pedía minuto o había un descanso, se acercaban y pedían continuidad en el reloj. "¡Apurate que me cierra la carnicería a las ocho!", exclamaba León. Obvio que esto generaba risa en los jóvenes y descontracturaba un poco la situación de compromiso. Como en casi todos los partidos, excepto los de Primera, son los chicos del club quienes se dignan a dar una mano y manejan los controles. Por momentos, antes de comenzar, muchos de ellos se retiran de la institución para no ser pispiados por algún entrenador o juez y ser llamado para realizar ese trabajo tan agotador que es manejar un reloj. "Me hace perder de ver un partido", expresó Rosset. Y en verdad, tiene razón, pero ellos deben saber que sin su presencia, sin su compromiso, ningún partido se podría disputar. Por eso, casi siempre, son aplaudidos por el público cuando le designan el rol. Cuando los partidos se van calentando, nadie quiere estar en este lugar. Y aquí no fue la excepción. Faltando pocos minutos para terminar, y con el marcador muy ajustado, los chicos comenzaron a tener algunos errores. "¡Apretá el botón nene!", se le escuchó decir a un adulto. Lamentablemente, éste no entiende el favor que el chico le está haciendo. Así y todo, el autocontrol no se adueña de los jugadores cuando suceden estas cosas. Y, además, un error lo puede tener cualquiera, ¿no? Finalmente el partido terminó en favor del visitante por 75 a 66 y atrás quedaron aquellos enojos innecesarios. La bronca sí quedó para los colegiados que, como de costumbre, se llevan todas las descargas. La mesa acabó tranquila, esperó a que se cierre la planilla y, luego, los chicos salieron felizmente en busca de su gaseosa. Bien ganada en fin.
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